Reflexiones de Bull

image005Esto es una afectuosa dedicatoria a todos mis compañeros (de dos y cuatro patas), que día a día se esfuerzan por dar lo mejor de sí mismos sin pedir nada a cambio, y a todos aquellas maravillosas personas que trabajan desinteresadamente por salvar y mejorar la vida de los demás. 

Las siguientes líneas son una apreciación subjetiva de los pensamientos que, en ocasiones, creo que pasan por la cabeza de mi perro, Bull, cuando trabajamos en nuestra especialidad. Después de observar a muchos perros trabajar diariamente, si tuviera que explicar qué es lo que pasa por la cabeza de nuestro animales en esos momentos, lo expresaría de la presente forma.

 En la eterna disquisición sobre la existencia de los sentimientos y del “alma” en el perro, puedo afirmar  que más allá de dichas disertaciones los he visto tomar a diario decisiones propias, sufrir, disfrutar, y, ya que además son capaces de salvar la vida de mis semejantes (y en ocasiones sus espíritus), demostrar personalidad propia. De ésta última faceta de Bull es de la que hablo en ésta ocasión.

 


Humano:   ¡¡Busca, vamos, buuusca!! 

Perro:   Esa frase otra vez en mi cabeza...

Humano:   ¡¡Busssca, buuusca!!

Perro:   Tantas horas de entrenamiento, tantas exigencias, tanta preparación, y ¡aquí estoy!

Humano:   ¡¡Buen chico, eso es, buuussca!!

Perro:   Puede palparse en el ambiente, decenas de ojos nos observan ávidos de resultados, pendientes en el tenso silencio. Siempre es lo mismo: llegamos, y la frenética actividad se detiene para dar paso a una expectante pausa...¡Lo tengo, lo tengo!, por fin una pista traída por una bandita brizna de aire... A la derecha; ¡ no, no!, a la izquierda... un poquito más... un poquito más... casi, casi lo tengo, ¡tiene que estar por aquí!

Humano:   Vamos chico, ¡Busca, buuusca!

Perro:   ¡Qué pesado!, ¿Qué te crees que estoy haciendo?. Aquí te quería ver yo. Estás consiguiendo ponerme nervioso, y lo voy a perder... Llevamos casi tres años juntos entrenando, conviviendo, ¡hartos de vernos!, y siempre, ¡siempre! que nos toca trabajar “en serio” me haces la misma escenita. ¡Otra vez, ahí está!, ¡Qué bueno soy, qué bueno soy!, ya no se me escapa.

Humano:   ¡Muy bien chaval, busca!

Perro:   ¡¿Pero será “petardo”?!, un día de éstos vamos a hablar muy seriamente acerca de quién manda aquí. Si no te fías de mí, me voy a buscar trufas. Tanto voluntariado y tanta mandanga... seremos muy profesionales y todo eso, pero por lo menos las trufas dan menos disgustos y más dinero.

Humano:   Vamos muchacho, busca en el otro lado; ¡A la derecha, a la derecha!

Perro:   ¡Que no, pesado, que no, que por ahí vas mal!. Mira que no te enteras de nada, ahí está la nevera: yogures, filetes, ¡helado de chocolate! (me chifla el helado de chocolate)... Bueno, bueno, a lo que estamos: ahí está el gato, y un poco más adelante... a ver, a ver, no consigo averiguar exactamente dónde se encuentra, hay demasiados impedimentos.

Humano:   ¡¿Qué te he dicho?!. ¡Por aquí, a la derecha!

Perro:   Y encima se enfada... ¿será posible?. Éste es un gran problema, y la solución la hemos ensayado cientos de veces en los simulacros. Sé que está por ahí, ¡Pero no consigo dar con él!. Si sigues poniéndome nervioso no podré terminar el trabajo. ¿Tienes la más mínima ideas de lo complicado que se está poniendo esto? ¿sabes a qué se dedicaban aquí?, pues eran pintores, y además de “brocha gorda”. ¡No te imaginas lo que es aspirar los malditos vapores acrílicos!. Te lo explicaré: imagínate que te ponen delante de un montón de focos deslumbrantes, luego los apagan, y a continuación te piden que busques un alfiler en el suelo de una habitación en penumbras. ¡Prueba, prueba a hacerlo, y entenderás qué me está pasando!.

Humano:   Pero ¿ Qué haces ?, por ahí no puedes pasar, ¡ Por ahí no !, ¡ Ven aquí !

Perro:   Espera un momentito, siento que está aquí mismo, ¡ Puedo olerlo ! ¡ Hop !, ya estoy arriba, la verdad es que está muy alto... y cuantos cristales, esto se está empezando a poner feo. Vamos a ver por ahí... ¡Bingo!, ésta sí que es buena. Qué oscuro está esto, y qué estrecho. ¡Manos a la obra!, un poco más adelante, un poquito más... ¡Quieto!, algo se mueve, y no soy yo... ¡Oh, oh!, problemas. Si no salgo rápido de aquí el veterinario va a tener mucho trabajo... 

Humano:   ¡Sal de ahí Chico!, ¡Ven aquí, es muy peligroso!, ¡Se te va a caer todo encima!

Perro:   ¡Uff!, parece que ya ha pasado. ¡Bueno!, a lo que estábamos: un poco más adentro, un poquito más... ¡¡Aquí estás!!, vaya chico, te has hecho esperar...  ¡GUAU!, ¡GUAU!, ¡GUAU!

Humano:   ¡¡Víctima!!, Muy bien muchacho, ¡Eres grande! 

Perro:   La tensa calma se rompe en un estallido de frenética actividad que desborda los escombros. Da gusto ver la cara de satisfacción de los compañeros ante el trabajo bien hecho. Todo el mundo está contento y llueven las felicitaciones, ¡Pero le llueven a él!, como si hubiese puesto su “pellejo” en peligro guiado por su “maravilloso olfato”... ¡Lo que hay que aguantar!. Aunque bien visto, si no fuera por las largas sesiones de estudio y entrenamiento, el frío, el calor, la lluvia, las decepciones y alegrías, no hubiéramos estado hoy aquí. La verdad es que me siento orgulloso de él, aunque esté mal que lo diga, y no es amor de perro, ¡nooo!, en realidad son los años de sufrida profesión (que el roce hace el cariño) con el afán de mejorar día a día. Aunque reconozco que a veces es muy duro conmigo, sé que lo hace por nuestro bien, y el de los demás.


 Ahora todo ha vuelto a la normalidad: buena vida, rutina, y calma rota únicamente por los “entrenamientos sorpresa” que aun siendo realmente molestos he de reconocer que son lo único que nos obliga a mantenernos continuamente al día y en plenas facultades. Bueno, después de todo la vida del “Perro de Salvamento” no resulta tan mala...

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